“Mas llego ahora a un punto que en mi opinión es el resorte y el secreto de la dominación, el sostén y fundamento de la tiranía. Quien piense que las alabardas, las guardias y la vigilancia de los espías protegen a los tiranos, a mi juicio se equivoca mucho. Éstos se sirven de aquéllas, según creo, más por la costumbre establecida y a modo de espantapájaros que por la confianza que les puedan tener. Los arqueros protegen la entrada a palacio de los andrajosos y menesterosos, no de los bien armados, que son quienes pueden intentar algo. Ciertamente, es fácil contar de los emperadores romanos que no son tantos los que han escapado de algún peligro gracias al socorro de sus guardias, como los que han sido matados por sus arqueros mismos. No son las tropas de caballería, no son las compañías de infantería, no son las armas las que defienden al tirano. No se creerá al principio, pero es verdad que siempre son cinco o seis los que mantienen al tirano, cuatro o cinco los que para él mantienen a todo el país en servidumbre. Siempre son cinco o seis los que se hacen escuchar por el tirano, y se lo han ganado ellos mismos, o bien han sido llamados por él para ser cómplices de sus crueldades, compañeros de sus placeres, alcahuetes de su lujuria, y partícipes de los beneficios de sus saqueos. Estos seis dirigen tan bien a su jefe que a éste le es necesario, para fortalecer su sociedad, ser malvado no sólo por sus propias maldades, sino también por las de aquéllos. Estos seis tienen a seiscientos que prosperan bajo su protección, y hacen con esos seiscientos lo que ellos hacen con el tirano. Y estos seiscientos tienen bajo ellos a seis mil, a los que han otorgado privilegios y a los que hacen que se les dé o el gobierno de las provincias, o el manejo de estas últimas, a fin de que favorezcan su avaricia y crueldad y la ejecuten cuando llegue el tiempo propicio, y hagan por lo demás tanto mal que sólo puedan sobrevivir bajo su sombra, y eximirse de las leyes y de los castigos que les corresponderían solamente por su medio. Grande es el cortejo que viene detrás de todo esto, y quien quiera entretenerse en tirar del hilo, verá que no son aquellos seis mil, sino cien mil, millones, los que se atan al tirano con él, sirviéndose de este hilo como Júpiter, que, según Homero, se jactaba de arrastrar hacia sí a todos los dioses si tiraba de una cadena. De ahí vino el aumento del número de senadores bajo Julio César, el establecimiento de nuevos estados, la creación de oficios; no, ciertamente, si lo entendemos bien, la reforma de la justicia, sino nuevos sostenes de la tiranía.
En suma, que con esto llegan, a través de favores o componendas, las ganancias o las retribuciones que se obtienen con los tiranos, de manera que al final se halla casi tanta gente para la que la tiranía parece ser beneficiosa, como gente para la cual la libertad sería agradable. Y así como los médicos dicen que cuando hay en nuestro cuerpo algo dañado, desde el momento en que otra cosa se altera en otra parte, viene como a situarse en aquella parte infectada …, de la misma manera, desde el momento en que un rey se proclama tirano, todo malvado, toda la hez del reino, no digo un montón de ladrones y desorejados que apenas pueden hacer mal ni bien en una república, sino aquellos que están poseídos por una ardiente ambición y una avaricia notable, se amontonan a su alrededor y le apoyan para tener su parte en el botín y ser ellos mismos tiranuelos al amparo del tirano. Así hacen los grandes ladrones y los famosos corsarios: unos recorren la región, otros cargan a caballo contra los viajeros; unos se emboscan, otros vigilan, unos masacran, otros despojan. Y aunque entre ellos haya preeminencias, y unos sean sólo lacayos y otros los jefes de la asamblea, no obstante no hay uno solo que, a fin de cuentas, no saque algún provecho: si no lo saca del botín principal, sí lo sacará, al menos, con su búsqueda. Bien se dice que los piratas de Cilicia no solamente se juntaron en tan grande número que fue necesario enviar contra ellos a Pompeyo el Grande, sino que incluso atrajeron a su alianza a muchas buenas villas y a grandes ciudades, en cuyas abras se refugiaban al volver de sus corsos, y como recompensa les daban algo del botín de su pillaje.
Así subyuga el tirano a sus súbditos: a unos por medio de otros, y es guardado por aquellos de los que, si tuvieran algún valor, debería guardarse él. Como se dice, para hender la madera hacen falta cuñas del mismo palo. He aquí sus arqueros, he aquí sus guardias, he aquí sus alabarderos: no es que ellos mismos no sufran alguna vez al tirano; pero estos perdidos y abandonados de Dios y de los hombres están contentos de soportar el mal para hacérselo no a aquel que se lo hace a ellos, sino a aquellos que lo sufren como ellos y que no pueden más.
No obstante, al ver a estas gentes que sirven al tirano para beneficiarse de su tiranía y de la servidumbre del pueblo, me quedo estupefacto por su maldad, y a veces siento piedad por su estupidez. Pues, a decir verdad, ¿qué otra cosa es acercarse al tirano, sino alejarse de la libertad propia y, por así decir, aferrar la servidumbre, y abrazarla? Que dejen por un momento de lado su ambición, y que se desprendan un poco de su avaricia, que después se contemplen a sí mismos y que se reconozcan, y verán a las claras que los habitantes de las villas, los campesinos, a los cuales pisotean tanto como pueden, y tratan peor que a forzados o a esclavos, verán, digo, que éstos, así maltratados, son, sin embargo, y comparados con ellos, afortunados y en cierto modo libres. El labrador y el artesano, por muy sojuzgados que estén, son libres con tal de que hagan lo que se les dice. Pero el tirano ve a los que están cerca de él, engatusándole y mendigando su favor, y no solo es necesario que hagan lo que él dice, sino que deben pensar lo que quiere, y a menudo, para satisfacerle, deben incluso adivinar sus pensamientos. Para ellos, obedecerle no es todo; es necesario aún complacerle, es necesario que se revienten, que se atormenten, que se maten a trabajar en sus asuntos, y, después, que se gocen con su placer, que abandonen su gusto por el suyo, que fuercen su complexión propia, que se despojen de su natural. Es necesario que tengan cuidado con lo que dicen, con su voz, con sus gestos, con sus miradas; que no tengan ojos, pues ni manos si no es para espiar su voluntad y para descubrir sus pensamientos. ¿Es esto vivir felizmente? ¿Esto se llama vivir? ¿Hay algo en el mundo menos soportable que esto, no digo ya para un hombre de valor, no digo para un bien nacido, sino tan sólo para alguien que tenga sentido común, o, sin más, para alguien que tenga el rostro de un hombre? ¿Qué condición es más miserable que la de vivir así, sin tener nada que sea propio, debiendo a otro el gusto, la libertad, el cuerpo y la vida?”
Étienne de la Boétie, “Discurso de la servidumbre voluntaria” c. 1552