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“Mas llego ahora a un punto que en mi opinión es el resorte y el secreto de la dominación, el sostén y fundamento de la tiranía. Quien piense que las alabardas, las guardias y la vigilancia de los espías protegen a los tiranos, a mi juicio se equivoca mucho. Éstos se sirven de aquéllas, según creo, más por la costumbre establecida y a modo de espantapájaros que por la confianza que les puedan tener. Los arqueros protegen la entrada a palacio de los andrajosos y menesterosos, no de los bien armados, que son quienes pueden intentar algo. Ciertamente, es fácil contar de los emperadores romanos que no son tantos los que han escapado de algún peligro gracias al socorro de sus guardias, como los que han sido matados por sus arqueros mismos. No son las tropas de caballería, no son las compañías de infantería, no son las armas las que defienden al tirano. No se creerá al principio, pero es verdad que siempre son cinco o seis los que mantienen al tirano, cuatro o cinco los que para él mantienen a todo el país en servidumbre. Siempre son cinco o seis los que se hacen escuchar por el tirano, y se lo han ganado ellos mismos, o bien han sido llamados por él para ser cómplices de sus crueldades, compañeros de sus placeres, alcahuetes de su lujuria, y partícipes de los beneficios de sus saqueos. Estos seis dirigen tan bien a su jefe que a éste le es necesario, para fortalecer su sociedad, ser malvado no sólo por sus propias maldades, sino también por las de aquéllos. Estos seis tienen a seiscientos que prosperan bajo su protección, y hacen con esos seiscientos lo que ellos hacen con el tirano. Y estos seiscientos tienen bajo ellos a seis mil, a los que han otorgado privilegios y a los que hacen que se les dé o el gobierno de las provincias, o el manejo de estas últimas, a fin de que favorezcan su avaricia y crueldad y la ejecuten cuando llegue el tiempo propicio, y hagan por lo demás tanto mal que sólo puedan sobrevivir bajo su sombra, y eximirse de las leyes y de los castigos que les corresponderían solamente por su medio. Grande es el cortejo que viene detrás de todo esto, y quien quiera entretenerse en tirar del hilo, verá que no son aquellos seis mil, sino cien mil, millones, los que se atan al tirano con él, sirviéndose de este hilo como Júpiter, que, según Homero, se jactaba de arrastrar hacia sí a todos los dioses si tiraba de una cadena. De ahí vino el aumento del número de senadores bajo Julio César, el establecimiento de nuevos estados, la creación de oficios; no, ciertamente, si lo entendemos bien, la reforma de la justicia, sino nuevos sostenes de la tiranía.

En suma, que con esto llegan, a través de favores o componendas, las ganancias o las retribuciones que se obtienen con los tiranos, de manera que al final se halla casi tanta gente para la que la tiranía parece ser beneficiosa, como gente para la cual la libertad sería agradable. Y así como los médicos dicen que cuando hay en nuestro cuerpo algo dañado, desde el momento en que otra cosa se altera en otra parte, viene como a situarse en aquella parte infectada …, de la misma manera, desde el momento en que un rey se proclama tirano, todo malvado, toda la hez del reino, no digo un montón de ladrones y desorejados que apenas pueden hacer mal ni bien en una república, sino aquellos que están poseídos por una ardiente ambición y una avaricia notable, se amontonan a su alrededor y le apoyan para tener su parte en el botín y ser ellos mismos tiranuelos al amparo del tirano. Así hacen los grandes ladrones y los famosos corsarios: unos recorren la región, otros cargan a caballo contra los viajeros; unos se emboscan, otros vigilan, unos masacran, otros despojan. Y aunque entre ellos haya preeminencias, y unos sean sólo lacayos y otros los jefes de la asamblea, no obstante no hay uno solo que, a fin de cuentas, no saque algún provecho: si no lo saca del botín principal, sí lo sacará, al menos, con su búsqueda. Bien se dice que los piratas de Cilicia no solamente se juntaron en tan grande número que fue necesario enviar contra ellos a Pompeyo el Grande, sino que incluso atrajeron a su alianza a muchas buenas villas y a grandes ciudades, en cuyas abras se refugiaban al volver de sus corsos, y como recompensa les daban algo del botín de su pillaje.

Así subyuga el tirano a sus súbditos: a unos por medio de otros, y es guardado por aquellos de los que, si tuvieran algún valor, debería guardarse él. Como se dice, para hender la madera hacen falta cuñas del mismo palo. He aquí sus arqueros, he aquí sus guardias, he aquí sus alabarderos: no es que ellos mismos no sufran alguna vez al tirano; pero estos perdidos y abandonados de Dios y de los hombres están contentos de soportar el mal para hacérselo no a aquel que se lo hace a ellos, sino a aquellos que lo sufren como ellos y que no pueden más.

No obstante, al ver a estas gentes que sirven al tirano para beneficiarse de su tiranía y de la servidumbre del pueblo, me quedo estupefacto por su maldad, y a veces siento piedad por su estupidez. Pues, a decir verdad, ¿qué otra cosa es acercarse al tirano, sino alejarse de la libertad propia y, por así decir, aferrar la servidumbre, y abrazarla? Que dejen por un momento de lado su ambición, y que se desprendan un poco de su avaricia, que después se contemplen a sí mismos y que se reconozcan, y verán a las claras que los habitantes de las villas, los campesinos, a los cuales pisotean tanto como pueden, y tratan peor que a forzados o a esclavos, verán, digo, que éstos, así maltratados, son, sin embargo, y comparados con ellos, afortunados y en cierto modo libres. El labrador y el artesano, por muy sojuzgados que estén, son libres con tal de que hagan lo que se les dice. Pero el tirano ve a los que están cerca de él, engatusándole y mendigando su favor, y no solo es necesario que hagan lo que él dice, sino que deben pensar lo que quiere, y a menudo, para satisfacerle, deben incluso adivinar sus pensamientos. Para ellos, obedecerle no es todo; es necesario aún complacerle, es necesario que se revienten, que se atormenten, que se maten a trabajar en sus asuntos, y, después, que se gocen con su placer, que abandonen su gusto por el suyo, que fuercen su complexión propia, que se despojen de su natural. Es necesario que tengan cuidado con lo que dicen, con su voz, con sus gestos, con sus miradas; que no tengan ojos, pues ni manos si no es para espiar su voluntad y para descubrir sus pensamientos. ¿Es esto vivir felizmente? ¿Esto se llama vivir? ¿Hay algo en el mundo menos soportable que esto, no digo ya para un hombre de valor, no digo para un bien nacido, sino tan sólo para alguien que tenga sentido común, o, sin más, para alguien que tenga el rostro de un hombre? ¿Qué condición es más miserable que la de vivir así, sin tener nada que sea propio, debiendo a otro el gusto, la libertad, el cuerpo y la vida?”

Étienne de la Boétie, “Discurso de la servidumbre voluntaria” c. 1552

“He aquí por qué la mayoría de los tiranos antiguos eran asesinados, normalmente, por sus favoritos, los cuales, habiendo conocido la naturaleza de la tiranía, no podían tener tanta seguridad en la voluntad del tirano, como desconfianza de su poder. Así, Domiciano fue asesinado por Estéfano, Cómo por una de sus propias amigas, Antonino por Macrino, y de igual modo casi todos los demás.

Ciertamente, ello es así porque el tirano no es nunca amado, ni ama nunca. La amistad es un nombre sagrado, es cosa santa; jamás se da sino entre gentes de bien, y no prende sino por una estima mutua. Se mantiene no tanto en virtud de los beneficios como de la vida buena. Lo que hace que un amigo esté seguro de otro es el conocimiento que tiene de su integridad; los garantes que tiene son el buen natural, la fe y la constancia. No puede darse amistad allí donde hay crueldad, ahí donde hay deslealtad, ahí donde hay injusticia. Y cuando se reúnen los malos, lo que hay es un complot, no compañía; no se aman entre sí, sino que se temen los unos a los otros; no son amigos sino cómplices. Ahora bien, aunque todo esto no constituyera un obstáculo, aun así sería difícil encontrar en un tirano un amor seguro, pues al estar por encima de todos, y al no tener igual, se encuentra ya más allá de los límites de la amistad, que tiene su verdadero meollo en la igualdad, que nunca quiere cojear, sino que es siempre igual.

He aquí por qué hay entre los ladrones, como se dice, alguna fidelidad en el reparto del botín: porque son pares y compañeros. Y si no se aman entre sí, al menos se temen los unos a los otros, y no quieren, desuniéndose, debilitar su fuerza. Mas del tirano, aquellos que son sus favoritos no pueden tener jamás seguridad alguna, y tanto menos cuanto que de ellos ha aprendido aquél que todo lo puede, y que no hay derecho ni deber que le obliguen, pretendiendo que su voluntad vale por razón, y que nadie es su igual, sino que es amo de todos. Así pues, ¿no es una gran lástima que, al ver tantos ejemplos evidentes, al ver el peligro tan presente, nadie quiera hacerse sabio a expensas del prójimo, y que de entre tantas gentes como se aproximan tan de buena gana al tirano no haya nadie que tenga la sagacidad y la audacia de decirle lo que le dijo, según el cuento, el zorro al león que se hacía el enfermo: ‘Iría con mucho gusto a verte en tu guarida; pero veo bastantes huellas de animales que avanzan hacia ti, mas ninguna que vuelva atrás’?

Estos miserables ven relucir los tesoros del tirano y contemplan boquiabiertos los brillos de su esplendor, y engolosinados por este fulgor, se aproximan, y no ven que se meten en el fuego, el cual no puede dejar de consumirles. Así el sátiro indiscreto, como cuentan las fábulas antiguas, al ver alumbrar el fuego hallado por Prometeo, lo encontró tan hermoso que fue a besarlo, y se quemó. Así la mariposa, que esperando obtener algún placer se mete en el fuego porque reluce, y prueba su otra virtud, la de quemar, como cuenta el poeta toscano.

Pero supongamos aún que estos favoritos escapen de las manos de aquel al que sirven: nunca se salvan del rey que le sucede. Si es bueno, hay que rendir cuentas y reconocer al menos su razón. Si es malo e igual que su predecesor, no dejará de tener él también sus favoritos, los cuales normalmente no se contentan con ocupar el lugar de los otros si no poseen además, lo más a menudo, sus bienes y sus vidas. ¿Cómo puede suceder entonces que haya alguien que, ante un peligro tan grande y con tan poca seguridad, quiera ponerse en esta desgraciada situación de servir, entre tantas dificultades, a un amo tan peligroso? ¿Qué castigo, qué martirio es éste, Dios verdadero? Estar día y noche detrás de uno para pensar en agradarle, y sin embargo temerle más que a nadie en el mundo; tener el ojo siempre alerta, el oído aguzado para atisbar de dónde vendrá el golpe, para decubrir emboscadas, para escudriñar el gesto de los compañeros, para darse cuenta de quién le traiciona; sonreír a todos y sin embargo temer a todos; no tener ningún enemigo abierto, ningún amigo seguro; tener siempre el rostro risueño y el corazón transido, no poder estar alegre ni atreverse a estar triste.

Pero es un placer considerar lo que les revierte este gran tormento y el bien que pueden esperar de sus esfuerzos y de su miserable vida. Gustosamente el pueblo no acusa del mal que sufre al tirano, sino a aquellos que le gobiernan: de éstos, los pueblos, las naciones, todo el mundo, a porfía, hasta los campesinos, hasta los labradores, conocen el nombre, descifran sus vicios, arrojan sobre ellos mil infamias, mil maldiciones. Todas sus oraciones, todos sus deseos, van contra ellos; les reprochan todas sus desgracias, todas las pestes, todas las hambrunas. Y si alguna vez les honran en apariencia, a la vez echan pestes de ellos en su corazón, y les tienen un horror más extraño que a las bestias salvajes. He aquí la gloria, he aquí el honor que reciben por su servicio a las gentes, las cuales, aunque hubieran despedazado su cuerpo, no estarían todavía, eso parece, lo bastante satisfechas ni medio resarcidas de su sufrimiento, sino que, ciertamente, incluso después de muertos, quienes les suceden jamás son tan perezosos como para que el nombre de estos ‘comepueblos’ no sea ennegrecido con la tinta de mil plumas, y su reputación desgarrada en mil libros, y sus mismos huesos, por así decir, arrastrados por la posteridad, castigándoles por su malvada vida, incluso tras su muerte.”

Étienne de la Boétie, “Discurso de la servidumbre voluntaria” c. 1552

“Aparentemente, por la noche reinaba el silencio, pero muchos no se dormían con facilidad; muchos rezaban, otros soñaban y algunos se desesperaban. Las madrugadas, especialmente cuando ‘tocaba’ fusilamientos, resultaban dantescas. En el riguroso silencio de la noche se oía cómo algunos camiones iniciaban la subida a la rampa de Montjuïc; quizá estaban aún en el muelle del carbón, acaso en Miramar, pero el ruido de los motores se acercaba como máquinas de tormento bailando un zapateado sobre el cerebro.

Francisco Roda Obiols, desde su camastro, como si fuera propietario de un radar especial, era el primero en detectarlos. Daba un brinco, se quedaba sentado en el catre y todos nos despertábamos mirando a la vez hacia la ventana y hacia la puerta. Eran instantes de angustia. Por delante de la ventana pasaban los camiones de pompas fúnebres -Casa d´Assistència Social President Macià- cargados con seis, diez, doce o veinte ataúdes de madera blanca sin pulir, vacíos, siguiendo el camino de los fosos de Santa Elena. De inmediato eran llamados los que poco después ocuparían los ataúdes, y se les daba un consejo: que escribieran sus nombres en un papel, colocándolo en el bolsillo derecho del pantalón, a efecto de identificarles posteriormente.

Todos estábamos sentados sobre las mantas; los llamados eran nuestros camaradas y ya no los volveríamos a ver en esta tierra pecadora. Algo más lejanos se oían gritos desesperados de ‘¡Arriba España!’, ‘¡Viva Cristo Rey!’; se escuchaba el Cara al Sol, el Crec en un Déu. Luego, el silencio.

¿Cuánto tiempo, Dios mío? En el cuerpo de guardia los que iban a ser fusilados escribían su última carta o abrazaban por última vez a sus familiares. Nosotros permanecíamos sentados, sin noción de las horas, en un silencio rotundo, casi sin respirar. Muchos quedaban rezando largo tiempo. Después, pasaba por delante de nuestra ventana el ‘Batalló de Reraguarda’, dirigiéndose a los fosos de Santa Elena. Instantes más tarde sonaban las descargas, luego un ‘¡Viva la República!’, y al momento el renquear de los camiones … con los ataúdes llenos. El zapateado del motor sobre los cerebros se intensificaba, hasta desaparecer, allá abajo, en el muelle, camino del depósito de cadáveres, en el vecino cementerio. No se gastaba mucha gasolina.

Francisco Roda, mayorista de frutas en el mercado del Borne rompía el silencio; siempre la misma frase.

- Otro día será.

Y lentamente se dejaba caer sobre el camastro.

Francisco Roda Obiols, sobrio, reservado, tenía miedo. Como Pomar, como Comas, como Albareda, como yo. Todos teníamos miedo, mucho miedo; pero ninguno de nosotros era padre de dos hijas como Francisco Roda Obiols, dos niñas menudas, de corta edad, ajenas a la tragedia y que no verían jamás regresar a su padre vivo al hogar. Fusilado el 11 de Agosto de 1938, a las niñas las conocí después, depositando un ramo de flores en el mismo lugar en que murió su padre, en los fosos de Santa Elena.”

Manuel Tarín-Iglesias, “Los años rojos” (1985)

Manuel Tarín-Iglesias, periodista barcelonés afín al falangismo, narra sus vivencias en la Barcelona de la Segunda República y de la Guerra Civil. Como quintacolumnista, fue atrapado y pasó gran parte de la guerra preso en el Castillo de Montjuïc y en la cárcel Modelo. Tras la caída de Cataluña pasó a Francia y volvió a cruzar la frontera para unirse a las tropas nacionales.

Los condenados a muerte que esperaban la ejecución de la sentencia en el Castillo de Montjuïc se hacinaban en el llamado ‘tubo de la risa’. El día 11 de Agosto de 1938 fuero fusiladas 63 personas. La máxima autoridad catalana era Luís Companys. Quiso el destino que Companys fuera fusilado tres años después en los mismos fosos de Montjuïc por los compañeros de aquellos a los que hizo matar.

“En nuestra retaguardia se había creado una situación política muy original y que no tenía precedentes. La autoridad del gobierno republicano era nominal. El régimen en nuestra zona no tenía ya nada que ver con el Estatuto Jurídico de la Constitución de la República, se había realizado una revolución, es decir un cambio violento en las relaciones políticas y sociales, en gran parte espontáneo. La propiedad privada, casi en todos sus aspectos grandes y medianos (fábricas, fincas, inmuebles) había sido de hecho confiscada y puesta en manos de comités diversos que la administraban o malbarataban a su gusto, con los antiguos propietarios muchas veces fuera de la ley por sus simpatías por los rebeldes.”

Manuel Tagüeña, “Testimonio de dos guerras”

Manuel Tagüeña, por entonces jefe de milicias comunistas, se refiere a la situación de la retaguardia del frente de Guadarrama en el verano de 1936.

“Gran treta es ostentarse al conocimiento, pero no a la comprensión; cebar la expectación, pero nunca desengañarla del todo. Prometa más lo mucho, y la mejor acción deje siempre esperanzas de mayores.

Excuse a todos el varón culto sondarle el fondo a su caudal, si quiere que le veneren todos. Formidable fué un río hasta que se le halló vado, y venerado un varón hasta que se le conoció término a su capacidad; porque ignorada y presumida profundidad, siempre mantuvo con el recelo el crédito.

Culta propiedad fué llamar señorear al descubrir, alternando luego la victoria sujetos: si el que comprende señorea, el que se recata nunca cede.

Esta primera regla de grandeza advierte, si no el ser infinitos, a parecerlo, que no es sutileza común.

En este entender, ninguno escrupuleará aplausos a la cruda paradoja del sabio de Mitilene: ‘más es la mitad que el todo”; porque una mitad en alarde y otra en empeño, más es que un todo declarado.

¡Oh, varón cándido de la fama! Tú, que aspiras a la grandeza, alerta el primor. Todos te conozcan, ninguno te abarque; que con esta treta, lo moderado parecerá mucho, y lo mucho infinito, y lo infinito más.”

Baltasar Gracián, “El héroe” (1637)

“ARMA VIRUMQUE CANO -’Canto a las armas y al hombre…’. Así comenzó Virgilio la Eneida, narrando el esplendor de los belicosos orígenes de Roma.

Nuestro libro no celebra el épico heroísmo, y mucho menos la guerra. Más bien se dedica a las propiedades genéricas de la guerra: sus causas, su carácter y sus conclusiones. Así, podríamos subtitularlo: “Estudiamos a las armas y al hombre”. Mas, porqué estudiar la guerra ? Nuestra respuesta ha de iniciarse con la que dio John Adams, uno de los primeros estadistas norteamericanos, a su mujer durante la revolución americana:

‘Debo estudiar la política y la guerra para que mis hijos tengan la libertad de estudiar matemáticas, filosofía, geografía, historia natural, ingeniería naval, comercio y agricultura. Para que sus hijos tengan derecho a estudiar pintura, música, arquitectura, escultura, tapicería y porcelana.’

Pero Adams desconocía la eterna cuestión que los realistas podrían haberle planteado: ‘Qué conocimiento de la guerra deberían tus nietos tener cuando, como legados de la comodidad, seguridad y bienes que la generación de Adams ha logrado para ellos, dediquen la mayor parte de su tiempo al estudio de las más elevadas y gentiles artes?’ Durante cuánto tiempo permitiría este mundo cruel que un pueblo formado por gentes dedicadas a la pintura y a la porcelana pudiera sobrevivir libremente si hubiera olvidado el arte de la guerra que hizo posible su refinado nivel de vida? Si Adams hubiera vuelto a leer la sabiduría del Renacimiento podría haber recordado aquella inscripción que la República de Venecia -pequeña, rica e independiente durante mil años- hizo grabar en la entrada de su Arsenal:

‘Feliz aquella ciudad que en tiempos de paz piensa en la guerra’

“War”, Paul Seabury y Angelo Codevilla (1989)

“Hasta hace poco tuve por vecina a una ninfómana. Los muchachos del barrio la llamaban loca, y unos hombres vestidos de blanco le dijeron ‘Ven’, como en la canción de Mocedades. Los hombres vestidos de blanco eran unos psiquiatras (y, ahora que lo pienso, me está quedando un libro muy transitado por gente turulata o por lo menos rarilla), a quienes supongo que la ninfómana andará engatusando todavía hoy por los pasillos del frenopático. Su ausencia ha devuelto la tranquilidad a los vecinos, que ya no tropiezan en la calle con la lascivia pertinaz de aquella muchacha, y pueden salir tranquilos a comprar el pan. La ninfómana del barrio era una expósita que se había fugado del hospicio, después de granjearse la complicidad de los vigilantes (que fueron, por tanto, los que la estrenaron). A la ninfómana se la veía deambular, siempre por la acera de la izquierda, a contrapelo de los transeúntes, desbragada y haciendo visajes. Muchos hombres desesperados, intrépidos o simplemente viciosos (entre quienes me incluyo) nos enganchábamos al reclamo de la mujer que no pone pegas y se deja querer. La ninfómana de nuestro barrio no tenía nombre, o lo había olvidado, o quizá hubiese renegado del sacramento del bautismo, pero el caso es que nosotros, sus clientes, la llamábamos Ninfa, por simplificación fonética, no por parecido mitológico, puesto que Ninfa tampoco era nada del otro mundo: tenía salidas de pata de banco, frases de villana,  y además era pecosilla y chata, dos distintivos desasosegantes para cualquier lector de Lombroso. Con Ninfa nos íbamos a los desmontes,  a follar entre escombros y matas de ortigas que nos dejaban el culo abrasado y el alma coronada por las espinas del remordimiento. Ninfa tenía un coño amplio, desalojado, una mansión de coño, con sus dependencias y vestíbulos y traspatios y retretes para las actividades más íntimas, un coño evangélico, caritativo (aunque quizá fuésemos nosotros quienes actuábamos por caridad), que no hubiese rehusado siquiera el incesto, con tal de sofocar su furor uterino. Ninfa nos designaba a todos por nuestro nombre de pila, con alarde memorístico impropio de las tontas, y, mientras fornicaba, nos clavaba las uñas a la altura de los omóplatos y reviraba un poco los ojos (eso sí era síntoma de idiotez), en una especie de bizqueo que sólo duraba unos segundos, los suficientes, en todo caso, para que la sombra de la culpabilidad nos amargase el día y parte de la noche. Aprovecharse de las tontas es delito perseguidísimo, y más si las tontas bizquean.

Cuando se llevaron a la ninfómana al manicomio, hubo un incremento de violaciones que las estadísticas registraron y algunas inocentes sufrieron en carne propia.”

Juan Manuel de Prada, “Coños” (1995)

Juan Manuel de Prada es, entre otras cosas, participante en tertulias de radio en la Cadena COPE, cadena de la Conferencia Episcopal Española, desde Septiembre de 2009.

“No pretendemos afirmar que no existen problemas morales relacionados con la economía. Al contrario, una clave de nuestros problemas yace en la moral, pero no como habitualmente se piensa.

Cuando los políticos pueden presentarse a las elecciones con la consigna de que van a recortar la libertad de los ciudadanos y éstos los votan, es evidente que hay un problema moral. Cuando se insiste en que la gente ha perdido valores éticos, pero aparentemente se acepta que las autoridades los mantienen, es evidente que hay un problema moral. Cuando se acepta que el capitalismo necesita una reconstrucción ética, pero al socialismo le sobran principios, es evidente que hay un problema moral. Cuando el mercado libre es juzgado por el peor de sus resultados, pero el intervencionismo político y legislativo es juzgado por el mejor de sus objetivos, es evidente que hay un problema moral. Cuando se parte de la base de que la libertad es sospechosa y la coacción virtuosa, es evidente que hay un problema moral. Cuando todo el mundo condena las estafas como la de Madoff, en las que los que aportan pagan las prestaciones pero no hay capital alguno que las financie de modo genuino, pero todo el mundo aplaude la Seguridad Social, cuyo funcionamiento es análogo, es evidente que hay un problema moral. Cuando se piensa que el comunismo y el capitalismo son similares e idénticamente condenables, es evidente que hay un problema moral. Cuando se interpreta la justicia como usurpar los bienes de los ciudadanos, es evidente que hay un problema moral. Cuando los ciudadanos aceptan que deben renunciar a toda responsabilidad individual y aceptar que el poder los someta, por su bien, es evidente que hay un problema moral. Cuando se supone que los impuestos no deben ser nunca objetados porque representan el anhelo popular por una benéfica coerción, es evidente que hay un problema moral. Cuando se acepta de buen grado y hasta se aplaude que quienes apoyaron o apoyan las sangrientas tiranías comunistas impartan arrogantes lecciones sobre la corrupción capitalista, es evidente que hay un problema moral. Cuando se piensa que los pobres necesitan la opresión política para salir de la pobreza, es evidente que hay un problema moral. Cuando todos los millonarios son condenados independientemente de si acumularon su fortuna en el mercado o gracias a privilegios intervencionistas, es evidente que hay un problema moral. Cuando se saludan como conquistas sociales lo que son incursiones del poder sobre la libertad individual, es evidente que hay un problema moral. Cuando se piensa que sólo la coacción brinda beneficios sociales en términos de pensiones, sanidad o educación, y que la libertad equivaldría a la desaparición de estos servicios, como si éstos fueran gratis o un regalo de los políticos, es evidente que hay un problema moral. Cuando se admite sin tapujos que la gente libre es codiciosa y tiende a dañar la economía, las finanzas, la sociedad, la igualdad, la salud, la naturaleza y hasta el clima, es evidente que hay un problema moral.”

Carlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Rallo, “Una crisis y cinco errores” (2009)

“… la libertad no se hace plena hasta que no se está dispuesto a morir sin que ninguna necesidad, ni aun la de vivir, sea más imperiosa que la libertad misma. Pensemos, como ejemplo paradigmático, en los espartanos y los ilotas. Los ilotas vivieron esclavizados por los espartanos porque preferían vivir a ser libres. Los espartanos, por el contrario, eran libres porque preferían morir a vivir de otro modo. Ahora bien, esta opción es una opción moral que entraña virtud, y virtud en un alto grado. Por lo que la libertad, partiendo de una experiencia común y en principio siendo poseída por todos, termina por convertirse en uno de los medios privilegiados para la singularización de los individuos y de los pueblos. Quizá por ello la experiencia de la libertad política es una experiencia minoritaria, y en la historia de los pueblos, los de libertad hayan sido momentos más bien excepcionales.

Bien es verdad que esta idea de libertad es ‘antigua’, y que hoy en día existe una libertad ‘moderna’. La libertad moderna fue caracterizada por Constant como la garantía del disfrute de unos derechos individuales básicos frente a posibles intromisiones de la sociedad o del poder político. Son dos formas de libertad -decía Constant- que no deben ser confundidas. Los antiguos conocieron y disfrutaron una y los modernos conocemos y disfrutamos otra.”

Sabiduría clásica y libertad política”, Elio A. Gallego

“¡Gran día el de hoy! Las tropas nacionales han entrado en Barcelona con banderas desplegadas y sin encontrar resistencia.

La población no ha sido evacuada -¡no hubo tiempo para hacerlo!- y parece que no se han producido las destrucciones y las masacres de última hora que eran de temer.

Sólo quiero pensar que ha llegado a su fin la espantosa tragedia que ha vivido Barcelona desde el día 19 de Julio de 1936.

Los barceloneses -¡entre tanto criminales y carniceros hay infinidad de buenas personas y tantos amigos fieles!- ya podrán comer, tener luz y lavarse. Podrán pasar las noches sin el miedo a los bombardeos. No tendrán que temer nuevas levas. Los que no hayan cometido crímenes podrán dormir tranquilos. Los católicos podrán practicar su culto públicamente. Los propietarios podrán recuperar lo que era suyo … o lo que quede de ello. Los obreros podrán esperar un período de normalidad en su trabajo, sin huelgas, cotizaciones sindicales, amenazas ni miseria.

Después de los sufrimientos y de las angustias de los últimos meses, los barceloneses estarán contentos. No hay que hacerse, sin embargo, muchas ilusiones: a medida que la situación mejore, se iniciarán sus quejas. La paz no traerá una vida como la de antes … y ninguno de los culpables, por acción o por omisión, cargará con las culpas.

No pensemos en el mañana.; pensemos en el día de hoy y participemos en la alegría inmensa de todos nuestros amigos …, en la que tendríamos nosotros si nos encontráramos en su lugar.

He pasado horas con la radio. Las palabras que escuchaba me indignaban, pero el sonido de las aclamaciones me enternecía. Piensen lo que piensen, digan lo que digan, los que hoy han entrado en Barcelona son los libertadores.¡  Ha tenido que derrumbarse nuestra tierra para que esto fuera posible !”

Francesc Cambó, “Dietario”

Entrada correspondiente al 26 de Enero de 1939, fecha de la entrada del Ejército Nacional en Barcelona, escrita en Montreux (Francia)

“Resultará de una gran ejemplaridad que el pueblo catalán y los del resto de España vayan conociendo las cuentas que reflejan la administración de la Esquerra, aunque el total conocimiento de tales cuentas es absoluta y rotundamente imposible. No hay en Cataluña nadie capaz de desentrañar esas cuentas. Recuérdese que cuando se inaguró el Parlamento catalán los diputados de la Lliga pidieron insistentemente que la Esquerra rindiese cuenta de su gestión durante el primer año de República. No hubo manera de conseguirlo. Macià se sintió gravísimamente ofendido y alegaba que el pueblo, al darles de nuevo sus votos, les otorgó su confianza y quedaban relevados de la humillación de dar explicaciones acerca de la inversión de fondos. Y así nos quedamos sin saber a cuánto habían ascendido los gastos de aquellas partidas importantes, como la propaganda del Estatuto; el banquete de gala a Azaña, con los viajes, hospedajes y dispendios del numeroso acompañamiento; la lujosa instalación de la residencia oficial del presidente de la Generalidad …

El presidente interino de la Generalidad hizo pública, el 12 de noviembre, una nota en la que denunciaba que las malversaciones de Dencàs en los fondos de Beneficencia ‘revisten las características de una estafa’. Del expediente incoado resulta que el Comité de Asistencia Social, que ni se reúne ni actúa en favor de los menesterosos, gastaba mensualmente de 30 a 40.000 pesetas en comilonas, francachelas, mujeres y gastos secretos. Sólo se dedicaban unas 3.000 pesetas en favor de los necesitados.

El mismo día se hizo público que en los tres primeros años de la República, el Comité Pro-Liceo tenía un déficit de 398.256,86 pesetas, como consecuencia de las desastrosas temporadas de ópera, baile y fiestas emprendidas bajo la actuación del Consejero de Cultura de la Generalidad, el poeta Gassol. ¡Cerca de ochenta mil duros! ¡Caro costó el capricho de que los personajes de la autonomía luciesen algunas noches sus pintorescos trajes de etiqueta, ya que no faltaron entre ellos quienes acudieron a las funciones de gala vestidos de frac y tocados con boina!…”

Enrique de Angulo, “Diez horas de Estat Català” (1934)

El periodista Enrique de Angulo, testigo presencial del intento de golpe de estado de ERC en Octubre de 1934 en Barcelona y autor de una muy notable crónica periodística del mismo, se refiere a la corrupción galopante existente en la autonomía.

“La conocida tradición norteamericana, sin embargo, tanto de la libertad civil como de la libertad constitucional, como yo he definido antes, estos términos, tuvieron su origen muchísimo tiempo después de Aristóteles. Su origen se remonta al esfuerzo de Cicerón para verter al lenguaje jurídico la concepción estoica de un orden universal, un Cosmos basado sobre una razón divina que dirige a la vez los movimientos de los cuerpos celestes y la conducta de los hombres buenos. En un pasaje de su ensayo acerca del Estado (De Re Publica) de cuyo conocimiento somos deudores a uno de los Padres de la Iglesia -la calidad conservadora de un buen estilo raramente ha sido ejemplificada más sorprendentemente- Cicerón describe la ley natural (lex naturalis) como ‘recta razón, armónica con la naturaleza, de dominio universal, una ley que no puede ser derogada por nadie ni abrogada, una ley que no requiere intérprete, dado que todos los hombres son capaces de entenderla, una ley que es la misma para Roma y para Atenas, la misma es en un tiempo como en otro’.

Pero es en su ensayo sobre las leyes (De Legibus) donde Cicerón hace su contribución más clara. Identificando ‘la recta razón’ con los atributos de la naturaleza humana por medio de los cuales ‘el hombre es un socio de los dioses’ asigna la cualidad obligatoria de la ley civil misma a su ser en armonía con los atributos universales de la naturaleza humana. En el talento natural del hombre y especialmente en su acción social deben hallarse -afirma Cicerón- la fuente verdadera de las leyes y de los derechos.

Y posteriormente agrega: ‘nosotros hemos nacido para la justicia y el derecho no es una estructura meramente arbitraria de opinión sino una institución natural’. De aquí fluye el concepto de que la justicia no es una simple utilidad, como afirmaban los epicúreos, porque ‘lo que está establecido por razón de utilidad puede ser subvertido para obtener utilidad’. Existe, en pocas palabras, una justicia duradera que se puede hallar en los elementos permanentes de la propia naturaleza humana, que supera la utilidad sobre la cual se eleva, y la ley positiva debe incluir esto si pretende la adhesión de la razón humana”.

Edward S. Corwin, “Libertad y gobierno” (1984)

“El cambio vino a fetichizarse por el cambio en sí. Las transformaciones inaguradas durante la década de 1960 reflejaban una elección individual estimulada, aunque conformada por poderosas fuerzas comerciales o por la desproporcionada persuasión de las vanguardias morales, que pretendían dirigir a las masas hacia una tierra prometida de indeterminación quiliástica(*). Han camuflado desde entonces el hecho de que ellos mismos son una élite sumamente nepotista e indesafiable, que tiende celosamente a diversas sacrosantas piedades liberales burlándose al mismo tiempo de cualquier otra cosa que no sea su propia ascensión al dinero, el poder y la influencia.”

Michael Burleigh, “Causas sagradas”

(*) quiliásticas: relativas al milenarismo

“Así, si se excluye de ellos la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones? ¿O acaso las bandas de ladrones no son como pequeños reinos? Una banda también es un grupo de hombres bajo las órdenes de un líder, ligada por un vínculo social y que divide su botín según lo acordado. Si por adición de más hombres desesperados esta plaga crece hasta apoderarse de un territorio y establecer un gobierno fijo, haciéndose con ciudades y sometiendo a su población, entonces el título de reino que recibe resulta más conspicuo, y le es concedido abiertamente no porque hubiera disminuido el apetito de riquezas, sino porque ahora se suma a éste la impunidad. Elegante y muy cierta fue la réplica que recibió Alejandro Magno de cierto pirata que capturó. Cuando el rey le preguntó qué pretendía al sojuzgar los mares, éste le respondió con desafiante independencia: ‘¡Lo mismo que tú cuando sojuzgas al mundo! Por hacerlo yo con un pequeño barco se me llama pirata; a tí, en cambio, que aterrorizas al mundo con una gran flota, se te llama emperador.’”

San Agustín, “La ciudad de Dios”

“Las Cortes disueltas habían gobernado con una fuerte mayoría de derechas; las nuevas Cortes traían una fuerte mayoría de izquierdas. La disolución, pues, había recibido del país una ratificación contundente. Sin embargo, aquella mayoría insensata comienza declarándose hija de madre desconocida al pronunciar innnecesaria la disolución a la que debe la vida. ¿Cabe mayor insensatez? ¿Cuándo es necesaria una disolución sino cuando un Parlamento ya no está a tono con el país? Así, pues, Azaña y Prieto, los coautores de aquel disparate, no obedecían a la Constitución, sino que la doblegaban a sus intereses políticos. Otra vez la causa tremenda de todos los males políticos de España: el poder preferido a la justicia; el sujeto al objeto; los individuos a las instituciones. La Constitución, ganzúa para abrirle a Azaña la puerta de la Presidencia.”

Salvador de Madariaga, “Memorias (1921-1936)”

Madariaga sobre la acusación de disolución ilegítima de las Cortes de 1936, que costó el cargo de Presidente de la República a Alcalá Zamora en 1936.

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