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Archivos Mensuales: enero 2010

“Mas llego ahora a un punto que en mi opinión es el resorte y el secreto de la dominación, el sostén y fundamento de la tiranía. Quien piense que las alabardas, las guardias y la vigilancia de los espías protegen a los tiranos, a mi juicio se equivoca mucho. Éstos se sirven de aquéllas, según creo, más por la costumbre establecida y a modo de espantapájaros que por la confianza que les puedan tener. Los arqueros protegen la entrada a palacio de los andrajosos y menesterosos, no de los bien armados, que son quienes pueden intentar algo. Ciertamente, es fácil contar de los emperadores romanos que no son tantos los que han escapado de algún peligro gracias al socorro de sus guardias, como los que han sido matados por sus arqueros mismos. No son las tropas de caballería, no son las compañías de infantería, no son las armas las que defienden al tirano. No se creerá al principio, pero es verdad que siempre son cinco o seis los que mantienen al tirano, cuatro o cinco los que para él mantienen a todo el país en servidumbre. Siempre son cinco o seis los que se hacen escuchar por el tirano, y se lo han ganado ellos mismos, o bien han sido llamados por él para ser cómplices de sus crueldades, compañeros de sus placeres, alcahuetes de su lujuria, y partícipes de los beneficios de sus saqueos. Estos seis dirigen tan bien a su jefe que a éste le es necesario, para fortalecer su sociedad, ser malvado no sólo por sus propias maldades, sino también por las de aquéllos. Estos seis tienen a seiscientos que prosperan bajo su protección, y hacen con esos seiscientos lo que ellos hacen con el tirano. Y estos seiscientos tienen bajo ellos a seis mil, a los que han otorgado privilegios y a los que hacen que se les dé o el gobierno de las provincias, o el manejo de estas últimas, a fin de que favorezcan su avaricia y crueldad y la ejecuten cuando llegue el tiempo propicio, y hagan por lo demás tanto mal que sólo puedan sobrevivir bajo su sombra, y eximirse de las leyes y de los castigos que les corresponderían solamente por su medio. Grande es el cortejo que viene detrás de todo esto, y quien quiera entretenerse en tirar del hilo, verá que no son aquellos seis mil, sino cien mil, millones, los que se atan al tirano con él, sirviéndose de este hilo como Júpiter, que, según Homero, se jactaba de arrastrar hacia sí a todos los dioses si tiraba de una cadena. De ahí vino el aumento del número de senadores bajo Julio César, el establecimiento de nuevos estados, la creación de oficios; no, ciertamente, si lo entendemos bien, la reforma de la justicia, sino nuevos sostenes de la tiranía.

En suma, que con esto llegan, a través de favores o componendas, las ganancias o las retribuciones que se obtienen con los tiranos, de manera que al final se halla casi tanta gente para la que la tiranía parece ser beneficiosa, como gente para la cual la libertad sería agradable. Y así como los médicos dicen que cuando hay en nuestro cuerpo algo dañado, desde el momento en que otra cosa se altera en otra parte, viene como a situarse en aquella parte infectada …, de la misma manera, desde el momento en que un rey se proclama tirano, todo malvado, toda la hez del reino, no digo un montón de ladrones y desorejados que apenas pueden hacer mal ni bien en una república, sino aquellos que están poseídos por una ardiente ambición y una avaricia notable, se amontonan a su alrededor y le apoyan para tener su parte en el botín y ser ellos mismos tiranuelos al amparo del tirano. Así hacen los grandes ladrones y los famosos corsarios: unos recorren la región, otros cargan a caballo contra los viajeros; unos se emboscan, otros vigilan, unos masacran, otros despojan. Y aunque entre ellos haya preeminencias, y unos sean sólo lacayos y otros los jefes de la asamblea, no obstante no hay uno solo que, a fin de cuentas, no saque algún provecho: si no lo saca del botín principal, sí lo sacará, al menos, con su búsqueda. Bien se dice que los piratas de Cilicia no solamente se juntaron en tan grande número que fue necesario enviar contra ellos a Pompeyo el Grande, sino que incluso atrajeron a su alianza a muchas buenas villas y a grandes ciudades, en cuyas abras se refugiaban al volver de sus corsos, y como recompensa les daban algo del botín de su pillaje.

Así subyuga el tirano a sus súbditos: a unos por medio de otros, y es guardado por aquellos de los que, si tuvieran algún valor, debería guardarse él. Como se dice, para hender la madera hacen falta cuñas del mismo palo. He aquí sus arqueros, he aquí sus guardias, he aquí sus alabarderos: no es que ellos mismos no sufran alguna vez al tirano; pero estos perdidos y abandonados de Dios y de los hombres están contentos de soportar el mal para hacérselo no a aquel que se lo hace a ellos, sino a aquellos que lo sufren como ellos y que no pueden más.

No obstante, al ver a estas gentes que sirven al tirano para beneficiarse de su tiranía y de la servidumbre del pueblo, me quedo estupefacto por su maldad, y a veces siento piedad por su estupidez. Pues, a decir verdad, ¿qué otra cosa es acercarse al tirano, sino alejarse de la libertad propia y, por así decir, aferrar la servidumbre, y abrazarla? Que dejen por un momento de lado su ambición, y que se desprendan un poco de su avaricia, que después se contemplen a sí mismos y que se reconozcan, y verán a las claras que los habitantes de las villas, los campesinos, a los cuales pisotean tanto como pueden, y tratan peor que a forzados o a esclavos, verán, digo, que éstos, así maltratados, son, sin embargo, y comparados con ellos, afortunados y en cierto modo libres. El labrador y el artesano, por muy sojuzgados que estén, son libres con tal de que hagan lo que se les dice. Pero el tirano ve a los que están cerca de él, engatusándole y mendigando su favor, y no solo es necesario que hagan lo que él dice, sino que deben pensar lo que quiere, y a menudo, para satisfacerle, deben incluso adivinar sus pensamientos. Para ellos, obedecerle no es todo; es necesario aún complacerle, es necesario que se revienten, que se atormenten, que se maten a trabajar en sus asuntos, y, después, que se gocen con su placer, que abandonen su gusto por el suyo, que fuercen su complexión propia, que se despojen de su natural. Es necesario que tengan cuidado con lo que dicen, con su voz, con sus gestos, con sus miradas; que no tengan ojos, pues ni manos si no es para espiar su voluntad y para descubrir sus pensamientos. ¿Es esto vivir felizmente? ¿Esto se llama vivir? ¿Hay algo en el mundo menos soportable que esto, no digo ya para un hombre de valor, no digo para un bien nacido, sino tan sólo para alguien que tenga sentido común, o, sin más, para alguien que tenga el rostro de un hombre? ¿Qué condición es más miserable que la de vivir así, sin tener nada que sea propio, debiendo a otro el gusto, la libertad, el cuerpo y la vida?”

Étienne de la Boétie, “Discurso de la servidumbre voluntaria” c. 1552

“He aquí por qué la mayoría de los tiranos antiguos eran asesinados, normalmente, por sus favoritos, los cuales, habiendo conocido la naturaleza de la tiranía, no podían tener tanta seguridad en la voluntad del tirano, como desconfianza de su poder. Así, Domiciano fue asesinado por Estéfano, Cómo por una de sus propias amigas, Antonino por Macrino, y de igual modo casi todos los demás.

Ciertamente, ello es así porque el tirano no es nunca amado, ni ama nunca. La amistad es un nombre sagrado, es cosa santa; jamás se da sino entre gentes de bien, y no prende sino por una estima mutua. Se mantiene no tanto en virtud de los beneficios como de la vida buena. Lo que hace que un amigo esté seguro de otro es el conocimiento que tiene de su integridad; los garantes que tiene son el buen natural, la fe y la constancia. No puede darse amistad allí donde hay crueldad, ahí donde hay deslealtad, ahí donde hay injusticia. Y cuando se reúnen los malos, lo que hay es un complot, no compañía; no se aman entre sí, sino que se temen los unos a los otros; no son amigos sino cómplices. Ahora bien, aunque todo esto no constituyera un obstáculo, aun así sería difícil encontrar en un tirano un amor seguro, pues al estar por encima de todos, y al no tener igual, se encuentra ya más allá de los límites de la amistad, que tiene su verdadero meollo en la igualdad, que nunca quiere cojear, sino que es siempre igual.

He aquí por qué hay entre los ladrones, como se dice, alguna fidelidad en el reparto del botín: porque son pares y compañeros. Y si no se aman entre sí, al menos se temen los unos a los otros, y no quieren, desuniéndose, debilitar su fuerza. Mas del tirano, aquellos que son sus favoritos no pueden tener jamás seguridad alguna, y tanto menos cuanto que de ellos ha aprendido aquél que todo lo puede, y que no hay derecho ni deber que le obliguen, pretendiendo que su voluntad vale por razón, y que nadie es su igual, sino que es amo de todos. Así pues, ¿no es una gran lástima que, al ver tantos ejemplos evidentes, al ver el peligro tan presente, nadie quiera hacerse sabio a expensas del prójimo, y que de entre tantas gentes como se aproximan tan de buena gana al tirano no haya nadie que tenga la sagacidad y la audacia de decirle lo que le dijo, según el cuento, el zorro al león que se hacía el enfermo: ‘Iría con mucho gusto a verte en tu guarida; pero veo bastantes huellas de animales que avanzan hacia ti, mas ninguna que vuelva atrás’?

Estos miserables ven relucir los tesoros del tirano y contemplan boquiabiertos los brillos de su esplendor, y engolosinados por este fulgor, se aproximan, y no ven que se meten en el fuego, el cual no puede dejar de consumirles. Así el sátiro indiscreto, como cuentan las fábulas antiguas, al ver alumbrar el fuego hallado por Prometeo, lo encontró tan hermoso que fue a besarlo, y se quemó. Así la mariposa, que esperando obtener algún placer se mete en el fuego porque reluce, y prueba su otra virtud, la de quemar, como cuenta el poeta toscano.

Pero supongamos aún que estos favoritos escapen de las manos de aquel al que sirven: nunca se salvan del rey que le sucede. Si es bueno, hay que rendir cuentas y reconocer al menos su razón. Si es malo e igual que su predecesor, no dejará de tener él también sus favoritos, los cuales normalmente no se contentan con ocupar el lugar de los otros si no poseen además, lo más a menudo, sus bienes y sus vidas. ¿Cómo puede suceder entonces que haya alguien que, ante un peligro tan grande y con tan poca seguridad, quiera ponerse en esta desgraciada situación de servir, entre tantas dificultades, a un amo tan peligroso? ¿Qué castigo, qué martirio es éste, Dios verdadero? Estar día y noche detrás de uno para pensar en agradarle, y sin embargo temerle más que a nadie en el mundo; tener el ojo siempre alerta, el oído aguzado para atisbar de dónde vendrá el golpe, para decubrir emboscadas, para escudriñar el gesto de los compañeros, para darse cuenta de quién le traiciona; sonreír a todos y sin embargo temer a todos; no tener ningún enemigo abierto, ningún amigo seguro; tener siempre el rostro risueño y el corazón transido, no poder estar alegre ni atreverse a estar triste.

Pero es un placer considerar lo que les revierte este gran tormento y el bien que pueden esperar de sus esfuerzos y de su miserable vida. Gustosamente el pueblo no acusa del mal que sufre al tirano, sino a aquellos que le gobiernan: de éstos, los pueblos, las naciones, todo el mundo, a porfía, hasta los campesinos, hasta los labradores, conocen el nombre, descifran sus vicios, arrojan sobre ellos mil infamias, mil maldiciones. Todas sus oraciones, todos sus deseos, van contra ellos; les reprochan todas sus desgracias, todas las pestes, todas las hambrunas. Y si alguna vez les honran en apariencia, a la vez echan pestes de ellos en su corazón, y les tienen un horror más extraño que a las bestias salvajes. He aquí la gloria, he aquí el honor que reciben por su servicio a las gentes, las cuales, aunque hubieran despedazado su cuerpo, no estarían todavía, eso parece, lo bastante satisfechas ni medio resarcidas de su sufrimiento, sino que, ciertamente, incluso después de muertos, quienes les suceden jamás son tan perezosos como para que el nombre de estos ‘comepueblos’ no sea ennegrecido con la tinta de mil plumas, y su reputación desgarrada en mil libros, y sus mismos huesos, por así decir, arrastrados por la posteridad, castigándoles por su malvada vida, incluso tras su muerte.”

Étienne de la Boétie, “Discurso de la servidumbre voluntaria” c. 1552

“Aparentemente, por la noche reinaba el silencio, pero muchos no se dormían con facilidad; muchos rezaban, otros soñaban y algunos se desesperaban. Las madrugadas, especialmente cuando ‘tocaba’ fusilamientos, resultaban dantescas. En el riguroso silencio de la noche se oía cómo algunos camiones iniciaban la subida a la rampa de Montjuïc; quizá estaban aún en el muelle del carbón, acaso en Miramar, pero el ruido de los motores se acercaba como máquinas de tormento bailando un zapateado sobre el cerebro.

Francisco Roda Obiols, desde su camastro, como si fuera propietario de un radar especial, era el primero en detectarlos. Daba un brinco, se quedaba sentado en el catre y todos nos despertábamos mirando a la vez hacia la ventana y hacia la puerta. Eran instantes de angustia. Por delante de la ventana pasaban los camiones de pompas fúnebres -Casa d´Assistència Social President Macià- cargados con seis, diez, doce o veinte ataúdes de madera blanca sin pulir, vacíos, siguiendo el camino de los fosos de Santa Elena. De inmediato eran llamados los que poco después ocuparían los ataúdes, y se les daba un consejo: que escribieran sus nombres en un papel, colocándolo en el bolsillo derecho del pantalón, a efecto de identificarles posteriormente.

Todos estábamos sentados sobre las mantas; los llamados eran nuestros camaradas y ya no los volveríamos a ver en esta tierra pecadora. Algo más lejanos se oían gritos desesperados de ‘¡Arriba España!’, ‘¡Viva Cristo Rey!’; se escuchaba el Cara al Sol, el Crec en un Déu. Luego, el silencio.

¿Cuánto tiempo, Dios mío? En el cuerpo de guardia los que iban a ser fusilados escribían su última carta o abrazaban por última vez a sus familiares. Nosotros permanecíamos sentados, sin noción de las horas, en un silencio rotundo, casi sin respirar. Muchos quedaban rezando largo tiempo. Después, pasaba por delante de nuestra ventana el ‘Batalló de Reraguarda’, dirigiéndose a los fosos de Santa Elena. Instantes más tarde sonaban las descargas, luego un ‘¡Viva la República!’, y al momento el renquear de los camiones … con los ataúdes llenos. El zapateado del motor sobre los cerebros se intensificaba, hasta desaparecer, allá abajo, en el muelle, camino del depósito de cadáveres, en el vecino cementerio. No se gastaba mucha gasolina.

Francisco Roda, mayorista de frutas en el mercado del Borne rompía el silencio; siempre la misma frase.

- Otro día será.

Y lentamente se dejaba caer sobre el camastro.

Francisco Roda Obiols, sobrio, reservado, tenía miedo. Como Pomar, como Comas, como Albareda, como yo. Todos teníamos miedo, mucho miedo; pero ninguno de nosotros era padre de dos hijas como Francisco Roda Obiols, dos niñas menudas, de corta edad, ajenas a la tragedia y que no verían jamás regresar a su padre vivo al hogar. Fusilado el 11 de Agosto de 1938, a las niñas las conocí después, depositando un ramo de flores en el mismo lugar en que murió su padre, en los fosos de Santa Elena.”

Manuel Tarín-Iglesias, “Los años rojos” (1985)

Manuel Tarín-Iglesias, periodista barcelonés afín al falangismo, narra sus vivencias en la Barcelona de la Segunda República y de la Guerra Civil. Como quintacolumnista, fue atrapado y pasó gran parte de la guerra preso en el Castillo de Montjuïc y en la cárcel Modelo. Tras la caída de Cataluña pasó a Francia y volvió a cruzar la frontera para unirse a las tropas nacionales.

Los condenados a muerte que esperaban la ejecución de la sentencia en el Castillo de Montjuïc se hacinaban en el llamado ‘tubo de la risa’. El día 11 de Agosto de 1938 fuero fusiladas 63 personas. La máxima autoridad catalana era Luís Companys. Quiso el destino que Companys fuera fusilado tres años después en los mismos fosos de Montjuïc por los compañeros de aquellos a los que hizo matar.

“En nuestra retaguardia se había creado una situación política muy original y que no tenía precedentes. La autoridad del gobierno republicano era nominal. El régimen en nuestra zona no tenía ya nada que ver con el Estatuto Jurídico de la Constitución de la República, se había realizado una revolución, es decir un cambio violento en las relaciones políticas y sociales, en gran parte espontáneo. La propiedad privada, casi en todos sus aspectos grandes y medianos (fábricas, fincas, inmuebles) había sido de hecho confiscada y puesta en manos de comités diversos que la administraban o malbarataban a su gusto, con los antiguos propietarios muchas veces fuera de la ley por sus simpatías por los rebeldes.”

Manuel Tagüeña, “Testimonio de dos guerras”

Manuel Tagüeña, por entonces jefe de milicias comunistas, se refiere a la situación de la retaguardia del frente de Guadarrama en el verano de 1936.

“Gran treta es ostentarse al conocimiento, pero no a la comprensión; cebar la expectación, pero nunca desengañarla del todo. Prometa más lo mucho, y la mejor acción deje siempre esperanzas de mayores.

Excuse a todos el varón culto sondarle el fondo a su caudal, si quiere que le veneren todos. Formidable fué un río hasta que se le halló vado, y venerado un varón hasta que se le conoció término a su capacidad; porque ignorada y presumida profundidad, siempre mantuvo con el recelo el crédito.

Culta propiedad fué llamar señorear al descubrir, alternando luego la victoria sujetos: si el que comprende señorea, el que se recata nunca cede.

Esta primera regla de grandeza advierte, si no el ser infinitos, a parecerlo, que no es sutileza común.

En este entender, ninguno escrupuleará aplausos a la cruda paradoja del sabio de Mitilene: ‘más es la mitad que el todo”; porque una mitad en alarde y otra en empeño, más es que un todo declarado.

¡Oh, varón cándido de la fama! Tú, que aspiras a la grandeza, alerta el primor. Todos te conozcan, ninguno te abarque; que con esta treta, lo moderado parecerá mucho, y lo mucho infinito, y lo infinito más.”

Baltasar Gracián, “El héroe” (1637)

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