“Aparentemente, por la noche reinaba el silencio, pero muchos no se dormían con facilidad; muchos rezaban, otros soñaban y algunos se desesperaban. Las madrugadas, especialmente cuando ‘tocaba’ fusilamientos, resultaban dantescas. En el riguroso silencio de la noche se oía cómo algunos camiones iniciaban la subida a la rampa de Montjuïc; quizá estaban aún en el muelle del carbón, acaso en Miramar, pero el ruido de los motores se acercaba como máquinas de tormento bailando un zapateado sobre el cerebro.
Francisco Roda Obiols, desde su camastro, como si fuera propietario de un radar especial, era el primero en detectarlos. Daba un brinco, se quedaba sentado en el catre y todos nos despertábamos mirando a la vez hacia la ventana y hacia la puerta. Eran instantes de angustia. Por delante de la ventana pasaban los camiones de pompas fúnebres -Casa d´Assistència Social President Macià- cargados con seis, diez, doce o veinte ataúdes de madera blanca sin pulir, vacíos, siguiendo el camino de los fosos de Santa Elena. De inmediato eran llamados los que poco después ocuparían los ataúdes, y se les daba un consejo: que escribieran sus nombres en un papel, colocándolo en el bolsillo derecho del pantalón, a efecto de identificarles posteriormente.
Todos estábamos sentados sobre las mantas; los llamados eran nuestros camaradas y ya no los volveríamos a ver en esta tierra pecadora. Algo más lejanos se oían gritos desesperados de ‘¡Arriba España!’, ‘¡Viva Cristo Rey!’; se escuchaba el Cara al Sol, el Crec en un Déu. Luego, el silencio.
¿Cuánto tiempo, Dios mío? En el cuerpo de guardia los que iban a ser fusilados escribían su última carta o abrazaban por última vez a sus familiares. Nosotros permanecíamos sentados, sin noción de las horas, en un silencio rotundo, casi sin respirar. Muchos quedaban rezando largo tiempo. Después, pasaba por delante de nuestra ventana el ‘Batalló de Reraguarda’, dirigiéndose a los fosos de Santa Elena. Instantes más tarde sonaban las descargas, luego un ‘¡Viva la República!’, y al momento el renquear de los camiones … con los ataúdes llenos. El zapateado del motor sobre los cerebros se intensificaba, hasta desaparecer, allá abajo, en el muelle, camino del depósito de cadáveres, en el vecino cementerio. No se gastaba mucha gasolina.
Francisco Roda, mayorista de frutas en el mercado del Borne rompía el silencio; siempre la misma frase.
- Otro día será.
Y lentamente se dejaba caer sobre el camastro.
Francisco Roda Obiols, sobrio, reservado, tenía miedo. Como Pomar, como Comas, como Albareda, como yo. Todos teníamos miedo, mucho miedo; pero ninguno de nosotros era padre de dos hijas como Francisco Roda Obiols, dos niñas menudas, de corta edad, ajenas a la tragedia y que no verían jamás regresar a su padre vivo al hogar. Fusilado el 11 de Agosto de 1938, a las niñas las conocí después, depositando un ramo de flores en el mismo lugar en que murió su padre, en los fosos de Santa Elena.”
Manuel Tarín-Iglesias, “Los años rojos” (1985)
Manuel Tarín-Iglesias, periodista barcelonés afín al falangismo, narra sus vivencias en la Barcelona de la Segunda República y de la Guerra Civil. Como quintacolumnista, fue atrapado y pasó gran parte de la guerra preso en el Castillo de Montjuïc y en la cárcel Modelo. Tras la caída de Cataluña pasó a Francia y volvió a cruzar la frontera para unirse a las tropas nacionales.
Los condenados a muerte que esperaban la ejecución de la sentencia en el Castillo de Montjuïc se hacinaban en el llamado ‘tubo de la risa’. El día 11 de Agosto de 1938 fuero fusiladas 63 personas. La máxima autoridad catalana era Luís Companys. Quiso el destino que Companys fuera fusilado tres años después en los mismos fosos de Montjuïc por los compañeros de aquellos a los que hizo matar.